jueves 12 de noviembre de 2009
Tardes de miércoles
Recorrerse medio Madrid en metro.
Llegar a una taquilla cerrada.
Bajar de nuevo a las prufundidades suburbanas.
Acudir diez años después a un concierto en aquellas salas que despertaron tu ilusión por la música (qué sensación esa de bajarse otra vez en una parada que una vez fue asidua y, sin haber pensado ni un momento en ella, descubrirlo todo con ojos de otro tiempo y pasos de otra estatura, y sin embargo con los mismos colores y calles).
Llegar con treinta minutos de antelación y tener que detenerse ante una barrera custodiada por un hombre que sólo puede indicarnos que el aforo está al completo desde las 18.15. Está completo incluso ese lugar que llaman cafetería en donde ni venden café ni ningun otro producto (ni siquiera existen mesas ni barras de cafetería) donde se corrompe la magia del directo (observar un concierto en tiempo real a través de una pantalla de cine y sólo a unos cuantos metros del escenario debería constituir un pecado y sin embargo representa, al menos en mi mente, una tortura. Una tortura que llegué a practicar).
Ante la perspectiva de ser de nuevo engullido por esa serpiente subterránea que recorre el subsuelo madrileño para volver a casa, sólo el último comentario del corpulento guardián dibuja una sonrisa en mi cara:
"Es que hoy tocan obras de Beethoven"
lunes 26 de octubre de 2009
Decisión
Después de arduas negociaciones el cuarteto de sabios tomó una decisión.
El ganador de entre los 68 participantes fue el número 63 más conocido como el Kaiser.
Sólo por la segunda de sus historias ya merece la pena.
Espero que pronto esté en las mejores salas de conciertos...
miércoles 21 de octubre de 2009
Mañanas
Me encantan las mañanas que en vez de sol, amanecen con frío.
Los días que nacen aún dormidos en la oscuridad de la noche.
Las farolas.
Las luces en las ventanas.
El silencio (a veces ni siquiera interrumpido por el canto de los pájaros, que aún duermen).
Y la ligera brisa que se mete por nuestra ropa y que logra que nos acurruquemos en medio de la calle sin que dejemos de andar.
Mañanas que regalan escalofríos.
La combiación de mañana, oscuridad y frío me trae recuerdos de muchos momentos de mi vida, desde mi más lejana infancia hasta aquellos amaneceres que anunciaban estudio mientras recorría con los ojos (y con las piernas) la playa de La Concha.
Hay cosas que nunca cambian.
El tiempo pasa.
El frío de las mañanas se mantiene constante.
lunes 12 de octubre de 2009
"Habíamos entrado en la inmensa llanura de Serengeti, la más grande concentración de animales salvajes. Mirásemos por donde mirásemos, por todas partes aparecían nutridas manadas de cebras, antílopes, búfalos, jirafas... Y todas estas bestias se pasan la vida paciendo, correteando, brincando y galopando. Unos cuantos leones permanecían inmóviles al borde de la carretera, algo más lejos se veía una manada de elefantes y mucho más alejado, casi en la línea del horizonte, un leopardo corriendo a grandes saltos elásticos. Todo aquello parecía increíble, inverosímil. Como si uno asistiera al nacimiento del mundo, a ese momento particular en que ya existen el cielo y la tierra, cuando ya hay agua, vegetación y animales salvajes pero aún no han aparecido Adán y Eva. Y precisamente aquí se contempla ese mundo recién nacido." (...)
"En nuestro coche, aparte de dos reporteros locales y de mí, también viajan tres soldados. Han colgado sus kaláshnikov sobres sus hombros desnudos (hace mucho calor, así que se han quitado las camisas). Se llaman Onom, Semakula y Konkoti. El mayor de ellos, Onom, tiene diecisiete años. Leo a veces que en América o en Europa un niño ha disparado sobre otro niño. Que ha matado a uno de su misma edad o a un adulto. Este tipo de información suele ir acompañado de expresiones de estupefacción y espanto. Pues bien, en África los niños llevan años, muchos, mucho tiempo, matando a otros niños, y en masa. A decir verdad, las guerras contemporáneas que se libran en este continente son guerras de niños." (...)
Mi callejón 1967
"Sobre las cabezas, sobre las espaldas, bajo los hombros traen trozos de hojalata, de madera, de contrachapado, de plástico, de cartón, de carrocerías y de cajas y lo juntan todo, lo montan, clavan y pegan, obteniendo algo intermedio entre una caseta de perro y unas cabañas cuyas paredes acaban formando un collage de chabolismo, espontáneo y archiabigarrado. Para tener sobre qué dormir -pues a menudo el suelo es un lodazal cenagoso a unas piedras afiladas- forran la estancia con hierba de elefante, hojas de plátanos, rafia o paja de arroz. Estos barrios, estos monstruosos papier-mâché africanos están hechos de cualquier cosa y son ellos, y no Manhattan o la Défense parisiense, la máxima creación de la imaginación, la fantasía y el ingenio humanos." (...)
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